Una tarde, encontré a la familia de Juan llorando en la cocina. Juan había decidido irse a los Estados Unidos con el sueño de trabajar y juntar dólares por uno o dos años para pagarles una carrera profesional a Dania y a Luis, sus dos hijos. Pasó por mi mente decirles que todo iba a estar bien. Sin embargo, recordé que una nueva plaga llamada “La Roya” acababa de azotar los cafetales, matando las siempre escurridizas ilusiones de mejores ingresos.

Pero un mejor futuro no era el único problema, un mejor presente también estaba en juego. Por falta de comida, Dania, la hija pequeñita de Juan, no lograba salir de la desnutrición y Juan, por más que buscaba, no conseguía trabajo.

A pesar de las dificultades, la esperanza nunca muere y menos en un hombre como Juan. Él sabía bien lo que quería. El 22 de Abril de 2015, Juan pasaba a mi clínica a las seis de la mañana por el kit del migrante, que incluía sueros orales y medicamentos para dolor y diarrea.

Después Juan se fue a decir adiós a su familia. No quiso despedirse de Dania y Luis. No comprenderían porqué se iba. Para ellos la partida de Juan significaba quedarse sin papá. Pero antes de irse, pasó a su cuarto. Los vio durmiendo cómodamente. Una lágrima rodó sobre su mejilla. Les dio el último beso. Quizá no los volvería a ver. Pero todo esto lo hacía por ellos, algún día lo entenderían.

“Luego Marta y yo abrazados, lloramos juntos. Quise decir que la amaba, pero las palabras se me hicieron bola en la garganta”, recuerda Juan.

La familia de Juan se quedó triste y preocupada, y no era para menos. “Los migrantes nunca regresan, los secuestran, se mueren en el desierto o la vida es tan buena allá en el norte que se olvidan de su familia y se consiguen otra esposa allá” , me contó Marta, la esposa de Juan.

Con nostalgia Juan dio el último vistazo a su comunidad, su querida San Quintín.  Había vivido allí toda su vida. La iba a extrañar. Esa mañana todo se veía tan normal; las montañas verdes alrededor, las casas de madera, la gente caminando a los cafetales, y el olor a humo de las chimeneas, “tan jodido como siempre”, recuerda haber pensado Juan.

En México los pobres nunca están solos: otros cuatro de la comunidad se habían enlistado también. Primero tomaron la combi a Comitán, y de allí se subieron en el autobús de Comitán hacia Tijuana. El camión de los sueños iba lleno y apenas alcanzaron lugar, “entre niños y adultos éramos como 40 personas. Todos íbamos a la frontera”, recuerda Juan. 

Ahora dejo a Juan ser el autor de su propia historia:

“Aquí es el primer retén de la mafia, nos dijo el chofer por la bocina del autobús. Guarden sólo 500 pesos en su cartera y se los dan cuando se los pidan. Si se resisten, los van a golpear. El resto de su dinero escóndanlo. Y no les digan que van a la frontera, porque les van a buscar y quitar todo lo que traigan.” 

Todos en el autobús sabíamos que esto era parte del viaje. Yo llevaba 8,000 pesos en el cuello de mi camisa y en una bolsa extra en el pantalón que había costurado Marta cuidadosamente un día antes. No recuerdo cuántos retenes pasamos en el día y medio de viaje. Al final sólo llegamos 15 personas a Altar, Sonora. La policía y la mafia fueron bajando a centroamericanos y mexicanos que no llevaban sus papeles en regla o que tampoco llevaban dinero para pagar las cuotas.

El autobús nos dejó en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe y allí nos reunimos con Manuel, el coyote que prometió pasarnos al otro lado. Manuel primero nos llevó a comer pollo frito, luego a comprar el uniforme y la mochila del migrante, todo diseñado para aguantar la larga caminada en el desierto. Posteriormente, nos cobró 500 dólares de cuota para la mafia, el resto se lo pagaríamos una vez que cruzáramos, y finalmente nos llevó al hotel donde nos hospedaríamos. Antes de irse, nos prestó su celular para llamar a nuestros familiares. Yo no quise hablarle a nadie. Le había prometido a mi familia que nuestra próxima llamada sería cuando yo estuviera en Estados Unidos. 

A las cuatro de la tarde del día siguiente pasó una van por nosotros. En el hotel se quedó mi ropa, mi mochila y las tortillas que me preparó Marta para el camino. Sentí que me desprendía de mi pasado al ver mi camisa favorita en el piso y por primera vez me pregunté si dejar mi país era lo correcto. Manuel me dijo: ‘Todo va a estar bien, carnalito. Por tus cosas no te apures, todo lo que dejan los migrantes lo recogen las mujeres del pueblo en la tarde para venderlo en los puestos del centro. Aquí nada se desperdicia’. Obviamente, esto no me reconfortó mucho. Lo que se quedaba allí arrumbado eran los buenos recuerdos de un pasado que iba a extrañar.

Ya en las afueras de Altar, Sonora nos paró un grupo de personas armadas. Eran los de la mafia. ‘Ya pagamos la cuota’, les dijo el coyote, y les dio la palabra clave. Con eso nos dejaron pasar. Luego llegamos a un campo en el desierto donde había varias carpas cerca de una malla de fierro como de cuatro metros de altura. ‘Ésta es la famosa frontera’, nos dijo Manuel.

Entre hombres, mujeres y niños, éramos como 50 personas esperando en la fila para cruzar a los Estados Unidos. Estábamos en el desierto de Sonora. Allí todos los coyotes trataban de predecir el mejor momento para cruzar. ‘Los de la migra a la una tienen el ‘lunch,’ a las seis cambian de turno y a las dos se van a dormir’, nos dijo Manuel.

Allí nos quedamos siete días esperando. Los primeros días me tocó dormir en el suelo, pero al cuarto día, Francisco, un amigo que hice de El Salvador, me donó su catre antes de brincar la malla de acero. Cuando el grupo de Francisco cruzó, me tocó ver el helicóptero y los de inmigración en sus cuatrimotos y caballos atrás de ellos. ‘Ya los pescaron’, nos dijo Manuel al ver con sus binoculares.

El séptimo día fue el mejor momento de cruzar. La migra estaba tranquila. Antes de brincar la malla, pasamos a una capilla pequeña donde los migrantes hacen oración. La capilla estaba llena de veladoras encendidas. Yo pedí a la virgen de Guadalupe que me permitiera cruzar sano y salvo y puse a mi familia en sus manos en caso de que me pasara algo en el desierto.

Después de brincar la malla, todos caminamos en silencio. Yo podía sentir mi corazón latir de prisa. ‘Allí se agachan todos, porque en ese cactus hay una cámara escondida’ nos decía el coyote. Luego de caminar por dos horas, vimos a un hombre muerto, colgado de un árbol. ‘Eso les pasa a los que no pagan la cuota de la mafia’, nos dijo Manuel.

Después de cuatro horas de caminar, vimos una camioneta de la migra como a 200 metros de nosotros. Manuel nos dijo dónde escondernos y se separó de nosotros. Ya no lo volvimos a ver. En un par de minutos un helicóptero volaba sobre nuestras cabezas y nos decía por altavoz que estábamos arrestados. Era la primera vez que veíamos un helicóptero. Estábamos aterrados.

Cuando vimos a los de caballo, empezamos todos a correr en diferentes direcciones. Carlos y yo nos escondimos entre unos nopales y no nos encontraron. Ya no volvimos a saber nada de los demás. A las seis los de la migra decidieron retirarse. Dudamos en salir de nuestro escondite, pero al final lo hicimos y empezamos a caminar. Luego me comenzó a doler una rodilla, seguramente me la había lastimado en la correteada. Así que decidimos detenernos y dormir. Podíamos oír claramente los coyotes aullando y nos daba miedo que nos atacaran, por lo que decidimos subirnos a dormir a un árbol. Al día siguiente ya teníamos hambre y sed. Empezamos a colectar comida y agua que los migrantes dejan tirada en el desierto durante las correteadas, pero no fuimos muy exitosos.

Sin comida, agua, ni dirección, decidimos entregarnos a la migra. Tan pronto llegaron, nos pusieron las esposas, nos subieron en la parte trasera de una camioneta, y nos llevaron a la cárcel. Durante el camino nadie habló. Yo podía sentir el rechazo de los de migración y pensé en los miles de mexicanos que han sentido lo mismo. Me sentí triste. Nuestro único pecado era la búsqueda de un mejor futuro.

En la cárcel, nos metieron en un cuarto pequeño con otros 30 migrantes, la mayoría mexicanos. El ambiente era de melancolía, tristeza, desesperación y fracaso. Durante los tres días que estuve allí, pensé en Marta, Luis y Dania, y les prometí que volvería a intentarlo. Recuerdo que al principio me dio pena usar el único baño en el centro del cuarto. Pero al siguiente día ya no aguantaba más y tuve que usarlo.

Tan pronto nos entregaron al DIF en Mexicali, Carlos y yo tomamos el autobús a Altar, Sonora. Volveríamos a intentarlo. Pero mi rodilla estaba hinchada como una pelota y yo no podía caminar. En Altar tuve que estar un mes en reposo, mientras una persona pasaba todas las tardes a sobarme la rodilla. Por si fuera poco, tampoco tenía dinero para volver a pagar al coyote. 

Con esfuerzos mi familia junto un poco dinero y yo conseguí 600 dólares prestados. Con eso pude pagar de nuevo el boleto a los Estados Unidos. Esta vez Manuel me dejó más barato el boleto VIP. Con éste, sólo me tocaría caminar dos horas y mi cruce estaba garantizado. Le prometí que le pagaría los 6,000 dólares restantes en Nueva York, donde me estaban esperando unos primos.

El procedimiento fue el mismo de la vez anterior, pero esta vez todo salió bien y tan pronto llegué a Phoenix, Arizona, le llamé a mi familia. ‘Por fin estoy acá’, les dije en lágrimas. Todos estábamos muy felices. Era el inicio de una nueva vida.

Otro día me subieron en una van con otros 12 migrantes y nos llevaron hasta la cuidad de New York, donde unos primos le pagaron al coyote el resto de mi boleto.

Yo estaba ansioso por empezar a trabajar. Empecé en una empacadora de hielo. Me pagaban 200 dólares por semana con lo que solo me alcanzaba para la renta y la comida. Después decidí moverme a Atlanta, donde empecé a trabajar en la construcción. Todos los días empiezo a las seis de la mañana y termino a las siete de la tarde. El salario es malo, el patrón nos obliga a subirnos a los techos sin equipo de seguridad adecuado, pero cuando traté de cambiarme de trabajo, el mayordomo me amenazó con echarme la migración.

Han pasado dos años y tres meses. La vida en Estados Unidos es dura. En las tiendas muchos gringos me ven con desdén. No tengo amigos y las autoridades de migración cada día se ponen más agresivas. Lo único que me da aliento es hablar por teléfono con mi familia e ir todos los domingos a misa. Todas las noches antes de irme a dormir me repito a mí mismo, ‘sólo un año más Juan. Con eso vas a poder comprar tu propio cafetal y darle escuela a Luis y Dania’”.

Conocí a Juan mientras yo trabajaba como médico en una comunidad rural de Chiapas. Siempre admiré su resiliencia y amor a su familia. Aún recuerdo aquellas noches en la pequeña cocina con olor a humo, donde mientras tomábamos una buena taza de café, él y Marta me contaban sus planes para el futuro.

Lamentablemente, la historia de Juan no es un hecho aislado en un país con 53.4 millones de personas en situación de pobreza. De acuerdo con el Pew Research Center, cada día cruzan alrededor de 300 migrantes mexicanos a los Estados Unidos de América en busca de un futuro que su país no puede o no quiere ofrecerles. Tan solo en 2016, 25,000 millones de dólares llegaron a México en remesas desde EE.UU. Eso es incluso más que lo que México gana por sus exportaciones de petróleo.

Mientras escribo esta historia, varios personajes en el “México del PRI,” se han destapado para la participar en la carrera presidencial rumbo al 2018. Y le pregunto a Juan, ¿Qué harías si fueras Presidente de México? y me contesta en tono serio “apoyaría a los más pobres con mejor educación pública, mejores empleos, y acabaría con la corrupción.”

 

Dr. Héctor Carrasco
Candidato a Doctorado en Salud Pública por la Universidad de Harvard

Agradezco al Dr. Víctor Flores y a la Dra. Jafet Arrieta por sus valiosa retroalimentación en versiones previas de este manuscrito.