Pocas veces se habla del fútbol americano como metáfora posible de la sociedad estadunidense para el extranjero que trata de entenderla. Tal vez hablar de fútbol americano pueda ser ilustrativo para hablar de un país del que se discute tanto y se entiende tan poco en México. El primer símil entre el deporte y el país está en su forma de entenderse. Tanto con el juego como con el país, el espectador puede encontrar disfrute en distintos niveles de ignorancia. El fútbol americano ofrece a la vez una experiencia de entretenimiento para la observadora casual de un Super Bowl, más interesada en un insípido espectáculo de medio tiempo, que para la fanática que conoce hasta el dato más oscuro de la última temporada en que jugó Dan Marino o que puede recitar décadas de alineaciones de un equipo colegial. Ambas personas se sentirán satisfechas de lo mucho o poco que conocen. La sociedad americana ofrece la misma posibilidad. El extranjero que trata de entenderla puede conformarse con la pacífica ignorancia de las compras en un outlet texano o de una visita a Disneyland. Pero también el extranjero que va a la caza de las últimas sombras de Wallace Stevens o que ingresa en las torres de marfil de la academia estadunidense encontrará la misma ilusión de conocimiento. Los extranjeros que tratamos de entender a un vecino tan complejo podríamos comenzar por entender las similitudes con sus juegos, esas batallas épicas de lo cotidiano.

Hablemos de otros símiles. Si revisamos las noticias deportivas de los últimos días podríamos hacernos de una narrativa simple y efectiva para entender el momento que vive hoy Estados Unidos. En las últimas noticias sobre fútbol americano se contempla una sociedad profundamente dividida, una afirmación que ha sido tantas veces repetida que se ha vuelto lugar común. En los juegos de fútbol americano, la sociedad “gringa” se divide entre aquellos que ven a la protesta como un insulto —entre los que se encuentra, como un instigador de las viejas batallas raciales, el presidente de Estados Unidos, un racista ignorante— y aquellos que encuentran cada vez menos espacios de representación para las minorías en un país dominado por una derecha que abiertamente promueve la superioridad racial de los blancos americanos. La división encuentra sus contradicciones en cada partido de fútbol americano, en cada elección y en cada hito en el que la sociedad se confronta. Cada vez que se toca el himno nacional hay escrutinio y enfrentamiento entre las diferentes versiones del país. Cada protesta incendiaria es muestra de la desunión de un país que buscó ser uno siendo muchos. Y que ha llegado a ser demasiados países contenidos en una república cada vez más frágil, donde los ganadores y los perdedores siempre parecen absolutos.

¿Y México? ¿Dónde entra en esta metáfora simplona sobre un juego y una coyuntura política? Recientemente el Estadio Azteca se atavió con los colores de dos equipos de la liga de fútbol americano profesional. La verbena previa a los juegos se respetó como un ritual azteca. Los aficionados escogieron su lado con devoción pambolera. En las gradas sólo se vendió Bud Light. Y, tras un partido aburrido, el entrenador de uno de los equipos aseguró sentirse agradecido de que no hubiera habido terremotos ni erupciones volcánicas en el momento del juego. La visión de un estadounidense  que ve México como un país exótico —quizás el entrenador agradeció no tener que llegar en burro al partido— contrastó con el ánimo fulgurante de los espectadores mexicanos por el modo de vida gringo. El juego ilustra dos versiones del desconocimiento.  Como si el origen de nuestra reciente amistad fuera un malentendido de lo que es el otro. Como si fuéramos dos vecinos siempre presentes que se saludan pacíficamente, a ratos se ignoran y que, en el fondo, saben nada uno del otro.

Estos tiempos imponen un reto inédito a nuestra vecindad. México y Estados Unidos se enfrentan en una de las negociaciones comerciales más importantes de las últimas décadas. Para ambos países, el fin del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN) tendría implicaciones devastadoras para ciertas regiones y sectores industriales. Malentender al vecino hoy tiene consecuencias no previstas. El poco conocimiento que tenemos de nosotros ha permitido que crezca la opinión negativa entre los países. Una obviedad: entre menos conoces a tu vecino, menos confianza le tienes. De acuerdo con Gallup, 64% de los americanos tiene hoy una perspectiva positiva de México. En 2005, en cambio, la opinión positiva alcanzaba 74%. Tras los vaivenes políticos que han hecho de México y su migración un enemigo público en la agenda política estadunidense, lentamente se ha erosionado la opinión positiva de México. En 2011 llegó a uno de los puntos más bajos de su historia: sólo 4 de cada 10 americanos tenían una opinión positiva de México. Al mismo tiempo, el sentimiento antiamericano crece como nunca antes en México tras la elección de Donald Trump. Ha llegado a su nivel más alto en 15 años. De acuerdo con Pew Research Center, casi dos terceras partes de los mexicanos tienen una opinión negativa de Estados Unidos. De ahí que la negociación del TLCAN pueda ser un punto de quiebre para nuestra relación, tanto en lo político como en el encuentro de nuestras sociedades. Mientras la administración de Donald Trump busca una victoria en la negociación que le permita presentarse como un líder fuerte ante sus votantes de cara a la próxima elección, los negociadores mexicanos buscan convencer a sus contrapartes con la solidez de los argumentos técnicos. Donald Trump está interesado en el espectáculo de medio tiempo, mientras los negociadores mexicanos están entrampados en la discusión erudita sobre el mejor ala izquierda de la historia. El descontento crece entre los vecinos y el centro de la negociación se ha convertido en diálogo de sordos. Como dos equipos que se enfrentan por llevar el balón al otro lado de la cancha, hoy vivimos una desunión americana entre dos países profundamente divididos que comparten un acuerdo que quizás desaparecerá. Las sociedades estadounidense y mexicana se acercan a un enfrentamiento donde sólo uno podrá ganar. Tal vez pronto habrá menos mexicanos en Disneyland y menos cazadores de los versos de Wallace Stevens. Quizás no vuelvan los partidos de fútbol americano al Estadio Azteca. Y el tamaño la ignorancia entre nuestros países, crezca.        

Miguel Ángel Torhton es politólogo por el CIDE y maestro en política pública por George Washington University.